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Autor: Cortesía de Marcelo Bravo
En un país lejano, existió un sacerdote que durante una persecución dio su
vida por la fe y por las almas. El gobierno había cerrado las iglesias; pero
el intento del gobierno de desraizar la fe no tuvo resultados.
El sacerdote, algunas veces de taxista, otras de comerciante, iba desbragado
en busca de su rebaño que anhelaba ayuda y consuelo espiritual. La policía
secreta le buscaba; sabían de sus hazañas pero les era difícil encontrarlo.
Él sabía que su vida corría peligro, que en cualquier momento podría ser
capturado y fusilado, pero el amor le movía más que el temor. En su corazón
sacerdotal, latía la necesidad de llevar a Cristo a sus almas y buscaba
cualquier ocasión que se le presentaba para hacerlo.
En medio de toda esta persecución, escribe unas líneas de poesía, donde
brotan las sentimientos más profundos de su corazón.
¡Para vosotros son mis canciones forjadas en el yunque del dolor! ¡Para
vosotros las sin bandera, las sin alero, las sin amor!
¡Con mis almas, a quien matan ignoradas nostalgias, las que viven en los
techos sin alivio en el sufrir las que tienen noches negras, tan eternas y
sombrías como deberían ser las noches de infierno..., hermanas mías, yo
comparto su sentir!
¡Oh mis almas! Almas fuertes, que en la lucha por la vida nunca vieron
realizados los sueños de su ideal, y que van en los pesares con la frente
alta y erguida ocultando con la risa los dolores de una herida que hace
infinito su mal.
No busquéis aquí en la tierra los caducos manantiales de ese amor, porque
anhelando, pobres almas, vais en pos que la sed de vuestras almas sólo
sacian los raudales de ternuras infinitas y de amores celestiales que en el
cielo guarda Dios.
¡Para vosotras son mis canciones forjadas en el yunque del dolor! ¡Para
vosotras las sin bandera, las sin alero, las sin amor!
Al ser martirizado sólo pidió unos momentos para rezar, por sus almas...
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