Andrés

 y las antorchas

¿Cómo olvidarlo en el colegio? Capitán del equipo de fútbol, de los primeros en el salón,  amigo que siempre estaba allí (no en vano fue elegido “Mejor amigo” en los tres últimos años). Y es que con un poco de su carisma se arreglaban los pleitos, con otro poco de su astucia nos agenciábamos para colarnos en los quinces, y si alguien tenía algún problema, de esos que nunca faltan, él era el amigo quien con certeza te escucharía. ¿Quién mejor que él para un consejo o una mano? Hasta ahora recuerdo la imagen de alguna chica diciendo: “Es que es buenísimo” y alguno de nosotros respondía “Es mi patata”. Ya que empecé a contar esto, voy a ser sincero y tengo que reconocer que a veces me daba un poco de envidia, sobre todo cuando mi mamá (que en paz descanse) me decía: “Aprende de él... ¡Qué buen muchacho ese!”. Y luego mi papá metía su cuchara y comentaba: “Júntate con él... es importante tener esos amigos”. Claro, que nadie tenía que pedirme que fuera con él, porque éramos muy amigos, pero aun así mi viejo me lo repetía.

Recuerdo que en la época de nuestra juventud, en esos años que se recuerdan con añoranza y un poco de nostalgia (ya les dije que voy a ser sincero), Andrés era el que más alto se elevaba, planeando grandes proyectos y proponiendo temas interesantes para discutir. “Cambiemos las cosas... no podemos seguir así... juntémonos y hagamos algo”, eran algunas de las frases que repetía constantemente y que entre todos conversábamos. Un día un profesor lo enfrentó y le dijo con voz de quien ha vivido mucho: “¿No crees que eso de salvar el mundo o luchar por tus ideales tan sólo trae más problemas?... Ya crecerás y te despertarás del sueño, muchacho ingenuo. En fin, tan sólo te aconsejo que no subas muy alto porque mientras más arriba, más duele al caer”. Andrés, que no solía quedarse callado, le contestó que era un gusano aplastado por un mundo desesperanzado. Y evidentemente se ganó un par de días de vacaciones.

Así crecimos los últimos años de colegio, queriendo hacer algo, sabiendo que debíamos hacer algo, pero sin rumbos claros de qué y cómo hacerlo. Algunas cosas hicimos, pero pronto las academias y luego la universidad fueron llenando cada vez más nuestro tiempo. Felipe se fue a Inglaterra a estudiar, Carolina a Washington, Miguel se dedicó a trabajar con su papá en el norte del país y Lucía estaba ocupadísima con sus clases de arquitectura. Con todo esto nuestros grandes proyectos se vieron seriamente golpeados. Así de rápido, así de imprevisto, como si el silencioso transcurrir de las agujas del reloj que va haciendo días y meses y años, fuera quien gobierna el universo. De un momento a otro nos dimos cuenta que ya no éramos los mismos. ¿Estaríamos creciendo y entrando al mundo de los que sólo se preocupan por lo que está debajo de sus narices? ¿Sería cierto lo que nos decían los mayores? ¿Por eso es que no nos tomaban muy en serio? ¿Acaso era inevitable que eso nos sucediera?

En medio de todas estas preguntas Andrés y yo tomamos una decisión muy seria. Y en ese momento la calificamos como la promesa de nuestras vidas. Juramos que no viviríamos para comer, que no nos contentaríamos con las migajas que se ofrecen por doquier, que pase lo que pase cada uno buscaría con todas sus fuerzas ser feliz y ayudar a que los otro lo sean. Esa fue nuestra promesa ante Dios y ante nosotros mismos. Y esa fue también una de las últimas veces que conversamos así. Andrés tuvo que partir porque a su padre le ofrecieron un trabajo muy bueno en el extranjero y como las cosas por aquí empezaban a ponerse negras, toda la familia se mudó.

Siempre supe que a kilómetros de aquí había otra persona que buscaba lo mismo, pero a fin de cuentas y para lo que a mí me importaba en ese momento, estaba sólo. Pues bien, ahora me tocaba a mí, “¿qué hacer?” era la gran pregunta. Para ese entonces ya había leído bastante, ni Marx ni Niesztche me parecían tipos muy sensantos, y a Hegel no le entendía ni su nombre. Gracias a Dios (y no es una expresión más) un día un amigo me leyó una frase de Cristo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Me quedé helado. No supe qué contestar, así que agradecí la frase y seguí mi camino. Horas después cuando estaba sólo en la ventana de mi cuarto, viendo cómo la ciudad se iba apagando, decidí enfrentar la incómoda frase. Se me ocurrieron tres posibilidades: o Jesús estaba loco o exageró o era cierto. De manera inmediata descarté que estuviese loco: un loco no funda algo que dura tanto tiempo. Así que decidí averiguar si había exagerado o si era verdad lo que decía. Después de un tiempo de idas y vueltas, de leer, de escuchar a otros y a mí mismo, me di cuenta que Cristo no podía haber exagerado ni mentido. Era cierto lo que decía.

Recuerdo que ese fue uno de los momentos más alegres de mi vida, y si ahora se me ponen vidriosos los ojos y me emociono es porque no puedo ocultarles la gran alegría que aún siento por ese instante. Ya tenía por dónde empezar, había encontrado qué hacer, la promesa que hice con Andrés no quedaría en el aire, no viviría para comer porque ya tenía para qué vivir, no me contentaría con migajas porque había visto dónde estaba el banquete, buscaría con todas mis fuerzas ser feliz porque podía realmente serlo y ayudaría a los demás a encontrar todo esto porque quería compartir con ellos esa esperanza.

Pero bueno... ¿Dónde estábamos? Siempre me pasa lo mismo, me emociono y no paro de hablar ¡Ah sí! Nos quedamos en que Andrés se fue y yo descubrí todo esto. Pues bien, para no aburrirlos más con mis cosas les cuento rápidamente que ayer me encontré con mi gran amigo de la juventud. Sus ojos abiertos y atentos como siempre, su peinado era el mismo, obviamente su vestimenta había cambiado, los jeans habían quedado atrás y ahora una fina camisa rosada hacía un elegante contraste con su terno azul oscuro. Al verlo me paré a saludarlo. ¡Era Andrés! Y luego de muchos años lo tenía al frente. Nos sentamos y pronto me di cuenta que algo no andaba bien. Sus ojos no brillaban más, no miraban hacia lo alto sino hacia la ventana por donde cruzaban personas de todo tipo y a la taza de café que tenía debajo de sus narices. Mientras se lo tomaba me contó de su negocio, su esposa y cómo se divertía jugando tenis los domingos. No lo entendía, por años había esperado este encuentro para preguntarle qué había hecho con nuestra gran promesa y ahora quien siempre había tenido la iniciativa en estas cosas me hablaba 30 minutos de muchas cosas y ni mencionaba el tema. No me contuve más, no lo entendía y tenía que salir de la incertidumbre, así que le pregunté qué había hecho con nuestro juramento. Su respuesta en tono apático no pudo ser peor: “¿Qué promesa?” Me enfurecí. Y como de tonto Andrés no tenía nada se apresuró a decir: “Ah! Ya recuerdo. Bueno, no pretenderás que siga con esas cosas ¿no?, son de muchachos y están bien para ellos, ahora ya tenemos que enfrentar la realidad”. No seguí preguntando, las cosas estaban claras. Ya no era Andrés lo que estaba frente a mí sino una sombra aplastada de Andrés. Me provocó recordarle su respuesta al profesor del colegio, pero preferí callar, no ganaría nada. Le dije todo lo que pensaba y cómo yo sí estaba cumpliendo mi promesa porque había encontrado cómo realizarla. Le hablé varios minutos casi sin respirar, pero sus oídos eran una pared. No reaccionaba. Me sentía como un médico dando electro-shocks y el paciente que no respondía. Finalmente lo dejé y tras un largo silencio me siguió contando de su negocio. Y si bien me esforcé por prestarle atención, no podía dejar de escuhar el “Tiiiiiiiiiiiiii” y ver la línea horizontal de un corazón muerto, sin latidos.

Mientras caminaba de regreso a mi casa confirmé en mi interior una gran verdad que alguna vez me dijeron: “Por más que tengamos grandes antorchas para alumbrar el mundo, si no las prendemos, algún día llegaremos a pensar que son palos inservibles en los que algún loco amarró un poco de tela en la punta”. 

 

  

Report a broken/dead link
Send mail to frjose@stcathe.com with questions or comments about this web site.
Copyright © 2003 St. Catherine Catholic Church
Last modified: 04/20/06